Masacre de Trelew: "Al escalofrío lo siento como si fuese hoy"

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Lo dijo ayer en el juicio que se desarrolla en Rawson el exconscripto de Infantería, Héctor González, que la noche de la matanza de presos políticos hizo guardia fuera de la Base "Almirante Zar" de Trelew.
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"Lo siento como si fuese hoy", dijo Héctor González, aquí junto a Carlos Juárez.
La noche del 21 de agosto, el conscripto de Infantería Héctor González hizo guardia fuera de la Base, en el polvorín. Pasó la madrugada del 22 despierto pero no escuchó disparos. Sí oyó el aterrizaje de un misterioso avión que no identificó. "Me llamó la atención que al terminar mi turno irme, a los pies de mi cama había cabos durmiendo donde no era su lugar". Les preguntó qué pasaba para que durmieran allí. "No sé, creo que mataron a 2 ó 3 de los presos", contestó uno.

Le pareció raro que esa misma mañana del 22 nadie los despertó temprano, como era rutina. También que el jefe del Batallón de Infantería 4, capitán Alfredo José María Fernández, reuniera a su tropa en una oficina amplia de la Base. "Estaban todos los oficiales: Sosa, Bravo, Troitiño, Galíndez y Goff", recordó ante el tribunal. 

Junto con otros colimbas escuchó la versión oficial del intento de fuga. "A mi lado estaba Ondícola y Rubén Zamorano, dos compañeros. Nos miramos con estupor por lo que decía, ¿cómo se van a escapar si nosotros en persona los custodiábamos? Hasta hoy siento el escalofrío que nos corrió, parece que fuese ahora". Reveló a otros dos guardiamarinas presentes esa tarde: Aristimuño y Menéndez. Y recordó a Jorge Campos y un tal Landriel, colimbas que escucharon lo mismo.

Los conscriptos dudaron de la explicación. "Los presos ni siquiera pensaron en escaparse por razones muy simples: lo estrecho del pasillo y la cantidad de hombres apostados en todos los puestos de guardia. Fugarse era un movimiento imposible". Por aquellas horas González vio mucho movimiento en la unidad, de hombres y de ambulancias.

"Los días que siguieron el ánimo no estaba muy bueno, el asunto estaba medio bravo", graficó. El malhumor de los oficiales era visible. "Una mañana el teniente Bravo nos pegó un baile en la Plaza de Armas que mamita querida", aseguró. De a poco esos jefes fueron trasladados. Los reencontró un par de meses después. "Era un ejercicio militar en Infierno Verde, en Bahía Blanca; parecía una película de guerra con todos los infantes juntos y allí volví a ver a Sosa, Bravo, Troitiño y Galíndez como jefes de otras divisiones".

El 15 de agosto, por la toma del aeropuerto, González fue citado de urgencia como el resto de los colimbas. Vigiló fuera del edificio, en posición de tiro. Anotó en un cuaderno las armas que entregaron los guerrilleros y hasta borró de los vidrios de la confitería lo que escribieron las militantes con lápiz labial, cosas como "ERP" y "Montoneros". 

Regresó a la Base y quedó acuartelado. Le tocó hacer guardias de tres horas en el primer pasillo, antes de llegar a las celdas. Nunca escuchó disturbios de los presos.

"Cada vez que pasaban rumbo al baño los detenidos iban esposados y con las manos en la nuca. Me tocaba ir detrás apuntándoles con el fusil, con bala en boca y un cargador extra pegado con cinta adhesiva para recargar rápido por si ocurría algo. Era una orden superior".#

Horas antes del fusilamiento les ordenaron a los colimbas dejar la guardia e irse a dormir
Lo dijo Carlos Juárez, un ex conscripto que vigiló a los guerrilleros en la puerta de los calabozos durante una semana. La vigilancia era extrema y duraba todo el día. Pero la noche del 21 de agosto una extraña orden mandó a la cama a todo el grupo de soldados.
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"Nunca los escuché gritar ni causar disturbios", relató Carlos Juárez, ex conscripto, sobre los detenidos en la Base Zar.
Se miraron extrañados pero cumplieron la orden y levantaron la vigilancia permanente. Eran al menos 10 colimbas que vigilaban la puerta de los calabozos en la Base Almirante Zar. Lo hicieron durante una semana hasta que la noche del 21 de agosto, un jefe les dijo que podían irse a dormir. Esa guardia fue había sido su trabajo desde que los 19 guerrilleros se rindieron en el aeropuerto y fueron encerrados en las celdas. El operativo duraba las 24 horas y los conscriptos tiraban colchones para dormir allí mismo. Era uno por puerta. 

El dato lo reveló Carlos Juárez, que formó parte de ese grupo de soldados. Ante el tribunal que juzga la Masacre de Trelew, el hombre aseguró que los detenidos nunca fueron maltratados y que gozaban de las 4 comidas diarias, igual que el resto de la Base. "Todos los días venían médicos para saber si necesitaban algo y les preguntábamos cómo estaban, aunque no había más diálogo que ese".

Los colimbas sólo dejaban esa exigente guardia para bañarse y regresar. "Usábamos fusil FAL y la orden era custodiarlos y atender sus necesidades". Los presos iban al baño de a uno, manos en la nuca y siempre apuntados por los fusiles. También comían con un FAL en la cabeza. "Era norma tener la bala en boca y muchos le sacábamos el seguro al arma porque no se sabía qué podía pasar". Juárez recalcó que "la situación era complicada y difícil y nuestro trabajo era el de cualquier soldado: evitar una fuga y mantenernos vivos". Las celdas minúsculas estaban hechas para castigar colimbas pero no para alojar detenidos.

La primera versión de Luis Sosa y de Roberto Bravo, dos de los acusados por los fusilamientos, criticó la mala conducta de los militantes, que obligó a sacarlos de las celdas antes del presunto intento de fuga. Juárez lo desmintió: "Su comportamiento era tranquilo y nunca los escuché gritar ni causar disturbios, como sí pasaba en la Unidad 6 de Rawson". El testigo vivía en la capital, cerca del penal, y aún recuerda el bochinche de los presos políticos cada noche. Nada de eso oyó en la Base.

El testigo recordó que esa semana visitaron la unidad militar dos taxistas que llevaron a varios guerrilleros desde el penal capitalino al aeropuerto de Trelew, el día de la fuga. "Se asomaron por la mirilla de las celdas para reconocer a quiénes habían viajado en sus coches y pusieron un cartón para que el detenido no los viera". 

Juárez aseguró que nunca sacaron a todos los presos de sus celdas al mismo tiempo y menos de madrugada. Sólo salían de a uno para estirar sus cuerpos, entumecidos por el encierro. Y que los calabozos tenían radiadores contra el frío patagónico. 

Cuando llegó la extraña orden de levantar tanta vigilancia, el testigo se desmayó de cansancio en la cama. "Imagínese que la agarraba después de una semana", sonrío. Esa madrugada no escuchó nada. Lo que sí le pareció raro fue despertarse por su cuenta la mañana del 22 de agosto, cuando la diana de las 6 sonaba siempre puntual día tras día para levantar a la tropa. "Había revuelo y yo no entendía nada, hasta que me enteré por los otros soldados". Hubo un intento de fuga y los mataron a todos, le dijo alguien. Juárez fue parte de esa gran reunión en la Plaza de Armas donde los jóvenes escucharon la versión oficial. Vio las ambulancias y donó sangre para los sobrevivientes, una costumbre que le quedó para el resto de su vida. 

"Nunca me enteré ni quise preguntar más acerca de esa madrugada. Siempre pensé que era imposible siquiera pensar en fugarse y yo en su lugar no lo hubiese intentado. Era imposible porque estaban rodeados por un grupo de combate", concluyó.#